La verdad, no me lo esperaba.
Cuando recibí el Whatsapp de Carlos Zaragoza comunicándome el fallecimiento de Jaime Costa, quedé fuertemente impactado. Sabía desde hace años de su enfermedad, pero, aunque su casa en Madrid no dista más de cien metros de la mía, no le veía desde hace tiempo. Un día me acerqué a preguntar por él al conserje de su casa y este me informó que llevaban un tiempo residiendo en una casa que se habían comprado en Murcia. Allí falleció.
Conocí a Jaime en los inicios de los años 70. Ambos éramos becarios del INIA trabajando con las malas hierbas, él en Mabegondo (La Coruña) y yo en El Encín (Madrid). En esa época, el Banco Mundial había dado un importante crédito al Gobierno de España para promover la investigación agraria en nuestro país. Dentro de ese programa se formaron doscientos becarios en las mejores universidades del mundo. Esa fue la semilla que transformó la tecnología agroalimentaria en España en los años 80. A la mayoría de estos becarios les correspondió realizar dicha transformación desde la universidad, el INIA o el CSIC. A Jaime le correspondió hacerlo desde la empresa. Cuando regresó de la Universidad de Oregón, donde había obtenido el doctorado trabajando con la juncia (Cyperus rorundus), la empresa Monsanto le reclutó para el lanzamiento de un nuevo producto que acababan de desarrollar y en el que tenían puestas enormes esperanzas: el glifosato.
Aunque este cambio supuso una gran pérdida para el INIA, fue una importante aportación para la malherbología española. Jaime, con su sólida formación académica, su experiencia en investigación, su gran capacidad de trabajo y sus excelentes relaciones con agricultores, técnicos, científicos y personal de la administración pública, demostró pronto ser la persona idónea para el lanzamiento del glifosato en España. Pero esa no fue su principal aportación. A mediados de los años 80, Jaime Costa, junto con un reducido grupo de colegas (Luis García Torres, Carlos Zaragoza, José María Sopeña, Milagros Saavedra, M. Ángeles Mendiola) tuvieron un sueño: crear una sociedad científica dedicada al estudio y la difusión de tecnologías de gestión de las malas hierbas. De ese sueño surgió en 1989 la Sociedad Española de Malherbología, de la que Jaime fue su primer vicepresidente. Durante muchos años, Jaime continuó participando muy activamente dentro de la SEMh, aportando siempre sus conocimientos, sabiduría y saber hacer.
En esa misma línea de creación de sociedades científicas que han promovido la transformación de la agricultura española mediante una estrecha colaboración público-privada, Jaime fundó junto con Luis García-Torres la Asociación Española de Agricultura de Conservación, Suelos Vivos. Dicha asociación ha tenido un papel clave en la introducción y expansión de esas técnicas en nuestra geografía.
En su última etapa profesional, sus grandes dotes de comunicación las encauzó en diversas colaboraciones en la revista Phytoma e intervenciones en la radio.
Todos los que a lo largo de estos años hemos tenido algún contacto con él, coincidimos en nuestra apreciación. Jaime era una persona encantadora, amable, discreto y servicial, con una gran curiosidad e inquietud por todo lo relacionado con la agricultura y con un profundo conocimiento de la misma, especialmente en lo relativo al mundo de las malas hierbas y los herbicidas.
El pasado 20 de diciembre se celebró su funeral en Albesa (Lleida), su pueblo natal. Desde estas páginas queremos expresar nuestro cariño a su mujer, Pilar, y a sus hijas. Gracias, Jaime, por todo lo que fuiste e hiciste.
César Fernández-Quintanilla
















