Una investigación del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Salamanca (IRNASA-CSIC) ha identificado varias cepas de bacterias que pueden convertirse en agentes de biocontrol de las principales enfermedades fúngicas que afectan al champiñón común.
Los fungicidas que se han usado tradicionalmente para proteger al champiñón no se desarrollaron específicamente para este cultivo y, de hecho, no son inocuos para los hongos comestibles. Además, en la actualidad han perdido efectividad porque los patógenos se han vuelto resistentes y algunas marcas comerciales los han retirado. En definitiva, los agricultores no disponen de herramientas fiables frente a las enfermedades más graves que pueden afectar a este producto, que tiene un gran peso en el sector agrícola y en la economía de muchas zonas rurales. España, con 146.731 toneladas actuales, es el tercer mayor productor de Europa.
La investigación del IRNASA-CSIC se remonta casi una década, cuando Jaime Carrasco era investigador Marie Curie en la Universidad de Oxford (Reino Unido). En esa etapa posdoctoral, aisló bacterias del nicho ecológico del champiñón común, tanto del propio hongo como de los sustratos en los que crece. El resultado fue un biobanco de casi doscientas cepas, entre las que destacaron tres (Bacillus velezensis CM5, CM19 y CM35), porque “presentaban actividad antifúngica de forma selectiva; es decir, prevenían patologías sin dañar al huésped”, explica el principal autor del trabajo, publicado en la revista Applied Microbiology and Biotechnology.
Las cepas bacterianas halladas en este estudio tenían un enorme potencial, no solo por su efectividad, sino porque se trataba de una “solución verde”, al haberse hallado en el microbioma del propio cultivo. Por eso, la investigación siguió adelante con la secuenciación de sus genomas y el registro de una patente en 2021. Además, dio paso al proyecto europeo BIOSCHAMP, financiado por la convocatoria Horizonte 2020 de la Comisión Europea, que estaba coordinado por la Asociación Profesional de Productores de Sustratos y Hongos de La Rioja, Navarra y Aragón (ASOCHAMP-CTICH) y contaba con la colaboración de doce socios de seis países europeos.
Esta iniciativa consiguió explicar el mecanismo de acción de las bacterias, tal y como detalla el artículo. “La actividad antifúngica es producida por distintos análogos de un lipopéptido, la fengicina, que son secretados externamente por estos microorganismos”, comenta Carrasco. Además, los investigadores diseñaron sondas moleculares para evaluar el impacto que tendrían estos agentes de biocontrol. “Aplicamos una técnica de análisis del perfil de los ácidos grasos de los fosfolípidos para ver la evolución de la estructura microbiana en la cubierta del sustrato del cultivo de champiñón”, señala Sonia Rodríguez, responsable del proyecto europeo en el IRNASA-CSIC. Esos test en cámaras de cultivo demostraron que no se modificaba sustancialmente la comunidad de microorganismos del cultivo, un resultado muy positivo.
“Hay un producto piloto comercial que se incluye en la patente, que pertenece a ASOCHAMP-CTICH, así que son los cultivadores quienes podrían impulsar su comercialización”, apunta el investigador respecto al posible desarrollo de biofungicidas. No obstante, los resultados también indican que sería necesario buscar formulaciones del producto con más estabilidad para que la actividad antifúngica sea estadísticamente significativa. En cualquier caso, la vía con más posibilidades para darle salida al mercado sería su integración en un “cóctel bioestimulante”, junto con promotores del crecimiento del cultivo. Otra opción de futuro es aplicar estos agentes de biocontrol a otros productos agrícolas, fundamentalmente especies hortícolas también afectadas por patógenos de origen fúngico.















