Un equipo de investigadores de la Universitat Politècnica de València (UPV) ha publicado una exhaustiva revisión sistemática que arroja luz sobre las deficiencias de las estrategias actuales para el control de la alternaria o mancha marrón de las mandarinas. Esta enfermedad provocada por el hongo Alternaria alternata representa uno de los desafíos fitosanitarios más críticos para la citricultura mundial, especialmente para las variedades de mandarina más susceptibles como ‘Nova’, ‘Fortune’ o la más reciente ‘Leanri’. A pesar de la existencia de numerosos tratamientos y productos fitosanitarios descritos en la literatura científica como efectivos, la realidad a pie de campo deja mucho que desear.

El trabajo, liderado por expertos del Instituto Agroforestal Mediterráneo y otros departamentos de la UPV, aplicó la metodología PRISMA para analizar de forma objetiva 98 informes científicos que evaluaban tanto fungicidas de síntesis como sustancias naturales y microorganismos. El estudio subraya que, aunque en condiciones de laboratorio muchos productos muestran una eficacia sobresaliente, su traslación al campo se ve obstaculizada por una biología del patógeno extremadamente agresiva y periodos de sensibilidad del fruto inusualmente largos. Según los autores, la mandarina es vulnerable a la infección desde la caída de los pétalos hasta casi el momento de la cosecha, lo que supone una ventana de exposición de entre siete y ocho meses. Esta vulnerabilidad prolongada se combina con una enorme capacidad de dispersión del inóculo: las conidias del hongo poseen una gran flotabilidad y pueden alcanzar concentraciones de hasta 450 por metro cúbico al mediodía, facilitando infecciones rápidas que pueden manifestar síntomas en apenas 24 horas si las condiciones ambientales son óptimas.

En el ámbito de los fungicidas químicos, el estudio identifica al mancozeb, la piraclostrobina y la iprodiona como las sustancias más eficaces en ensayos controlados. Sin embargo, la eficacia en campo es limitada y requiere una frecuencia de aplicación insostenible, con programas que llegan a contemplar entre diez y diecisiete tratamientos anuales. Esta presión química no solo resulta costosa y perjudicial para el medioambiente, sino que ha acelerado la aparición de resistencias, especialmente en el grupo de las estrobirulinas (QoIs) como la azoxistrobina. Además, los investigadores advierten de que muchos fungicidas actuales tienen una acción más fungistática que fungicida, ya que inhiben el crecimiento del micelio, pero muestran una eficacia moderada a la hora de impedir la germinación de las conidias, lo que impide la erradicación real del patógeno en las parcelas.

La prolongada sensibilidad del fruto y la rápida dispersión del hongo comprometen la eficacia de los programas fitosanitarios actuales

La revisión, publicada en la revista Agronomy, también explora el potencial de las sustancias naturales y el control biológico, un campo con más de 250 sustancias testadas pero con escasa aplicación práctica todavía. Aceites esenciales de canela (Cinnamomum zeylanicum) o tomillo (Thymus vulgaris), así como compuestos puros como el trans-cinamaldehído y el timol, han demostrado capacidades de inhibición comparables e incluso superiores a algunos fungicidas comerciales. Asimismo, el uso de microorganismos antagonistas como Burkholderia spp. y Trichoderma harzianum ofrece una vía prometedora para reducir la severidad de la enfermedad mediante la competencia por espacio y la producción de enzimas degradativas. Un hallazgo destacable es el papel del ácido hexanoico, que aplicado como inductor de defensas ha mostrado una protección prolongada de hasta dos meses en mandarinas ‘Fortune’.

A pesar de estos avances, los investigadores concluyen que la falta de experimentos robustos en condiciones reales de campo es el principal cuello de botella para que los agricultores adopten estas alternativas naturales. El informe concluye que, mientras no se desarrollen nuevas formulaciones que mejoren la persistencia de los productos y su resistencia al lavado por lluvia, el control de la alternaria seguirá siendo una batalla de desgaste económico y ambiental para el sector citrícola. La solución a largo plazo, sugieren los expertos, podría residir en la combinación de estas nuevas herramientas con la mejora genética para obtener variedades intrínsecamente resistentes.

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