La citricultura atraviesa un cambio de paradigma estructural motivado por la reducción de materias activas y la creciente presión de plagas emergentes. En este escenario, las recientes jornadas técnicas organizadas por la biotecnológica Nostoc Biotech en la Comunidad Valenciana y la Región de Murcia pusieron de manifiesto que la eficacia ya no reside en intervenciones químicas aisladas, sino en estrategias integradas. La base de su estrategia este modelo es el microbioma vegetal, cuya interacción con la planta permite no solo mejorar la nutrición, sino reforzar activamente su sistema defensivo. Entender la planta como un ecosistema dinámico y emplear microorganismos para inducir estados de alerta fisiológica se perfila como la herramienta clave para la sostenibilidad y rentabilidad del campo contemporáneo.
El sector citrícola y de frutales se enfrenta a un reto técnico sin precedentes debido a la intensificación en la introducción de plagas exóticas. Especies como el cotonet de Sudáfrica (Delottococcus aberiae) o Scirtothrips aurantii han puesto en jaque los sistemas de control tradicionales. Sin embargo, la respuesta ya no puede basarse exclusivamente en la síntesis química. “Debemos asumir que esta escasez de materias activas es estructural y probablemente irreversible”, advierte José Miguel Campos, investigador del IRTA que participó en las jornadas de Nostoc Biotech, empresa de Almería especializada en el desarrollo de soluciones microbiológicas para la agricultura.
Para Campos, esta limitación obliga a los técnicos a adaptarse hacia estrategias basadas en la prevención y el control biológico por conservación. La gestión de plagas debe abordarse desde una perspectiva integral que considere la variedad cultivada, la fenología y la conservación de la fauna auxiliar, puesto que la eficacia ya no depende de una sola materia activa, sino de la coherencia de toda la estrategia agronómica.
Este cambio de paradigma implica que el éxito en el campo requiere un conocimiento profundo de la ecobiología de las plagas y del funcionamiento del propio agroecosistema. La tendencia actual se aleja del efecto tóxico inmediato para buscar un manejo más preciso y flexible, capaz de anticiparse a los ciclos biológicos alterados incluso por factores externos como el cambio climático.
Dentro de este nuevo marco de Gestión Integrada de Plagas (GIP), los microorganismos han adquirido un protagonismo estratégico. Ya no se consideran meros sustitutos de los químicos, sino herramientas capaces de aportar estabilidad al sistema productivo. Enrique Cat, CEO de Nostoc Biotech, señala que el beneficio de estos insumos es sistémico: “La raíz, además de captar nutrientes, es el principal centro hormonal de la planta. Con una planta o árbol más fuerte, y un sistema radicular más desarrollado, se activan más fácilmente las rutas metabólicas de defensa contra estrés biótico o abiótico: sequías, enfermedades, plagas, etc”.
La incorporación sistemática del microbioma permite un uso más eficiente de los recursos nutricionales del suelo, lo que redunda en una mayor fortificación de la parte vegetativa. Un sistema radicular colonizado por microbiota beneficiosa no solo optimiza la absorción de nutrientes, sino que predispone a la planta para reaccionar ante amenazas externas, transformando el cultivo de un sujeto pasivo a un actor activo en su propia protección. En palabras de Cat, no se trata solo de cambiar productos, sino de “incorporar de manera sistemática un nuevo tipo de insumo, el microbiológico, que, bien entendido, en combinación con el resto de prácticas agronómicas, puede facilitar mucho la llevanza del cultivo”.
La raíz, además de captar nutrientes, es el principal centro hormonal de la planta
Para que el refuerzo del sistema defensivo sea efectivo, es crucial comprender la interacción planta-microbioma a nivel celular y fisiológico. Los ascomicetos mitospóricos entomopatógenos (AME) son ejemplos destacados de microorganismos que pueden establecer relaciones complejas con el cultivo. Estos hongos pueden habitar la rizosfera, la superficie vegetal (epífitos) o incluso el interior de los tejidos (endófitos) sin causar daño. María Fernández Bravo, investigadora de la Universidad de Córdoba, explica que cuando esta interacción es correcta, se produce un cambio cualitativo en la resistencia de la planta: “la colonización endofítica por estos hongos puede activar o preparar determinadas rutas hormonales implicadas en la defensa… este fenómeno no implica necesariamente una respuesta defensiva permanente, sino más bien un estado de alerta que permite a la planta responder de forma más eficiente ante un estrés posterior”.
Este estado de alerta, técnicamente conocido como priming, activa rutas hormonales asociadas a jasmonatos, etileno y, en ocasiones, ácido salicílico. La ventaja agronómica es inmensa: la planta no malgasta energía manteniendo defensas activas de forma constante —lo que podría reducir la producción—, sino que aprende a reaccionar con mayor rapidez ante el ataque de un fitófago. Además, estas interacciones pueden alterar la emisión de compuestos volátiles y la acumulación de metabolitos secundarios, lo que modifica la dinámica de las plagas y mejora parámetros como la biomasa y el desarrollo radicular.
El uso de microorganismos en campo no está exento de desafíos técnicos, y su eficacia depende de factores que van más allá del simple acto de la aplicación. Uno de los conceptos clave es la competencia ambiental, definida como la capacidad del microorganismo para persistir y mantenerse activo frente a factores como la radiación UV, la temperatura o la humedad.
Fernández Bravo destaca que la instalación efectiva es un proceso selectivo: la vía de inoculación (suelo, foliar o semilla) debe ajustarse al nicho ecológico objetivo del microorganismo. Un error común es aplicar hongos sensibles a la radiación solar en momentos de alta exposición, lo que inactiva los propágulos antes de que puedan establecerse. Asimismo, la compatibilidad entre el aislado específico del hongo y la especie vegetal es determinante, ya que no todos los microorganismos presentan la misma plasticidad ecológica para colonizar distintos hábitats.
La transición hacia una agricultura basada en microorganismos exige también un cambio en las expectativas de agricultores y técnicos. Habitualmente se comete el error de esperar de un agente biológico la misma rapidez de acción que un fitosanitario químico. Sin embargo, el modo de acción de los microorganismos es intrínsecamente distinto.
La eficacia de los microorganismos depende de procesos ecológicos lentos, como la dispersión, la persistencia y la infección secundaria. Por ello, su uso requiere un enfoque preventivo y a medio plazo dentro de los programas de manejo integrado. La calidad de la formulación, el almacenamiento adecuado y la preparación meticulosa del caldo de aplicación son factores operativos que pueden comprometer la viabilidad de los propágulos y el resultado final del tratamiento.
El manejo del cotonet, la araña roja y otras plagas clave en el actual contexto de restricciones químicas pasa inevitablemente por la integración del microbioma vegetal. La sanidad vegetal del futuro no se basará en la erradicación mediante tóxicos, sino en el fortalecimiento de la planta desde su base hormonal y radicular. Como se analizó en las jornadas de Nostoc Biotech, la clave reside en la anticipación y el conocimiento técnico. Al aprovechar fenómenos como el priming y asegurar una correcta instalación de microorganismos beneficiosos, el sector puede construir agroecosistemas más resilientes. En definitiva, la agricultura sostenible no es solo una necesidad ambiental, sino una evolución técnica donde la alianza entre la planta y sus microorganismos aliados constituye el pilar fundamental de la rentabilidad y la sanidad en el campo.















