La confusión sexual es una técnica clave en el control de insectos fitófagos que se aplica a centenares de miles de hectáreas de frutales y otros cultivos en el mundo. A pesar de que solo hay un caso demostrado de resistencia a la confusión sexual, con frecuencia se la invoca como causa probable cuando esta técnica deja de funcionar. Sin embargo, según advierten César Gemeno, investigador del Instituto de Ciencias de la Vid y el Vino (ICVV), y Gonzalo Barrios, exjefe de la Sección de Sanidad Vegetal de Tarragona, la evidencia científica no avala esa hipótesis. En un artículo publicado recientemente en Phytoma, concluyen que “aunque hay que estar alerta ante la posibilidad de que aparezca, es más probable que los fallos en la confusión sexual se deban a un manejo inadecuado que al desarrollo de resistencia”.
La confusión sexual se ha consolidado como una de las herramientas más eficaces y sostenibles para el control de plagas en la agricultura moderna. Basada en la emisión controlada de feromonas que alteran la comunicación entre machos y hembras, evita el apareamiento y reduce drásticamente las poblaciones de insectos sin recurrir a insecticidas. “Las feromonas sexuales son muy específicas, relativamente fáciles de identificar y aplicar, completamente inofensivas al ser humano y al ambiente y efectivas a muy bajas concentraciones”, explican Gemeno y Barrios. Su uso ha sido clave en especies de gran relevancia económica como Lobesia botrana, Cydia pomonella o Anarsia lineatella, y ha permitido reducir de forma drástica el uso de insecticidas. En Europa se estima que hay más de 239.000 hectáreas de vid bajo esta técnica, 70.000 de ellas en España.
Pese a su extensión, solo se ha documentado un caso de resistencia a la confusión sexual en el mundo: la polilla del té (Adoxophyes honmai) en Japón. En este caso, la pérdida de eficacia se atribuyó al uso continuado durante catorce años de una mezcla incompleta de feromona, lo que favoreció la adaptación del insecto. “La buena noticia es que la resistencia se revirtió empleando la mezcla completa de la feromona”, recuerdan los autores, quienes subrayan que este episodio aislado no debería extrapolarse al resto de plagas ni servir de argumento para justificar problemas de control.
Gemeno y Barrios apuntan que, en la mayoría de los casos, los fallos se deben a errores de manejo. “La confusión sexual requiere de dedicación en el manejo, tanto para establecerse como para mantenerse efectiva a lo largo de los años”, señalan. Entre los factores más determinantes destacan el tipo de difusor, el momento de instalación, la homogeneidad y superficie tratada y el seguimiento de la plaga. En el caso de L. botrana, por ejemplo, recomiendan colocar los difusores justo al inicio del vuelo de la primera generación anual y cubrir una superficie mínima de 80 a 100 hectáreas de forma continua. La falta de coordinación entre parcelas o el retraso en la colocación de difusores pueden reducir significativamente la eficacia. “La confusión sexual debe considerarse como un tratamiento colectivo; cuanto mayor sea la superficie, mayor será la eficacia”, insisten.
La resistencia a la confusión sexual sigue siendo un riesgo teórico, según un artículo publicado en Phytoma
El éxito inicial de la técnica puede volverse en su contra si lleva a la relajación en su manejo. “Con el tiempo, la alta eficacia va produciendo en los agricultores una pérdida en la convicción de la gravedad de la plaga”, advierten. Esa confianza excesiva conduce a descuidar los monitoreos, ignorar las curvas de vuelo o no aplicar tratamientos puntuales en los focos detectados. “Cuando esto pasa, los agricultores y técnicos acostumbran a buscar causas cómodas y fuera de la metodología adecuada”, admiten los autores del artículo, en alusión a la supuesta aparición de resistencias.
Desde el punto de vista biológico, la probabilidad de que una plaga desarrolle resistencia a la confusión sexual es muy baja. A diferencia de los insecticidas, que ejercen una fuerte presión selectiva al eliminar directamente a los individuos susceptibles, la confusión sexual actúa de forma más sutil, reduciendo las oportunidades de apareamiento. Además, cualquier cambio genético que afecte a la comunicación sexual requiere coordinación entre machos y hembras, algo improbable. “Una mutación o nueva combinación alélica que cambie la feromona de la hembra no se fijará en la población si los machos no responden a ese cambio, y viceversa”. Esta falta de sincronía genética, junto con la entrada constante de individuos de zonas no tratadas, “dificulta enormemente la aparición de resistencia”.
El trabajo también aborda posibles estrategias de prevención. “La mejor manera de evitar que la confusión sexual deje de funcionar es un buen manejo”, afirman. Esto implica conocer el funcionamiento del método, llevar un registro anual detallado, seguir las recomendaciones técnicas y mantener una vigilancia constante. Como medida teórica, los autores plantean diversificar ingredientes activos o mecanismos de acción —alternando, por ejemplo, difusores pasivos y activos— para reducir la presión selectiva. Además, las parcelas estándar fuera de las zonas tratadas, esenciales para el seguimiento de la plaga, podrían actuar como ‘refugios’ que ayuden a mantener la susceptibilidad en la población.
En conclusión, la confusión sexual sigue siendo una herramienta de referencia en el control de plagas agrícolas, pero su eficacia depende de una gestión precisa y colectiva. Gemeno y Barrios insisten en que la resistencia “es un riesgo teórico que no debe descartarse”, pero recuerdan que, hasta la fecha, “no existen pruebas de que haya aparecido en las plagas de nuestros cultivos”. El verdadero enemigo no es la resistencia, sino el descuido en el manejo.
















